Yogamos Lab nace de la idea de que el yoga puede ser mucho más que una práctica. Puede convertirse en una forma de vivir, de crear y de construir relaciones auténticas. Es un espacio en constante evolución donde el movimiento, la educación y la comunidad se encuentran.
Me llamo Alessia, aunque casi nadie me llama así.
Todos me llaman Ale.
Italiana de nacimiento, catalana por elección, vivo desde hace casi media vida en la costa, cerca de Barcelona, con mi marido, mi fuente de alegría e inspiración, al que sigo eligiendo cada día desde hace más de veinte años, aunque la aventura del día a día no siempre lo parezca. Vivo con dos adolescentes en casa, dos personas que crecen tan rápido que he aprendido a saborear cada minuto que comparto con ellos. Y, el último pero no menos importante, nuestro gatito, que manda en esta casa más que los cuatro juntos.
Soy de las que ama una biblioteca por su silencio y sus libros, de las que sigue apuntando las cosas a mano aunque tenga el móvil al lado, y de las que, entre salado y dulce, elige salado siempre.
Fuera de la esterilla me vas a encontrar con la cámara encima, en la bici, colgada de una pared de escalada o bailando hasta la madrugada en algún festival de música electrónica, un capricho que me regalo cada año y que he retomado desde que mis bebés duermen toda la noche del tirón. Siempre voy buscando el azul del mar o el verde de los árboles: es donde mejor pienso.
Mis amores me llaman por eso NATURalessia.
Puedo pasarme horas dándole vueltas a una conversación: filosofando sobre la vida, sobre lo que nos pasa y por qué. Me gusta que sea honesta, también cuando no estamos de acuerdo, y que quien me habla me mire a los ojos: lo demás se me hace difícil de escuchar. Lo que no llevo bien es que alguien venga a organizarme la vida, ni la gente que opina sin que nadie se lo haya pedido, ni quien desaparece semanas y vuelve preguntando como si nada.
Durante años creí que el movimiento y el bienestar iban por un lado, y la organización, la comunicación y los proyectos por otro. Con el tiempo entendí que hablaban de lo mismo: de vivir con más consciencia y de construir cosas que duren sin perder lo esencial.
Me gusta la gente que se hace preguntas y los sitios que me hacen sentir a casa.
La música y el movimiento estaban antes que cualquier decisión: eran mi manera de decir lo que aún no sabía explicar. Ballet y danza jazz hasta los quince años.
Me licencié en empresariales en Milán y, trabajando en publicidad online, hice mi primer máster en gestión de empresas. Me gustó más de lo que esperaba: el negocio no va solo de cuentas, va de personas, de tiempos y de decidir qué se hace y qué se deja. Tiene la misma lógica que componer algo. Después llegó el segundo, en marketing y eventos de moda: moda y yoga se parecen escritas, en lo demás poco. La moda vive de lo que cambia y el yoga de lo que se queda.
Trabajé en ese sector y, a la vez, en pequeñas consultorías haciendo business plans para artistas locales: gente con talento de sobra y ninguna estructura debajo. Ahí empecé a entender que acompañar el proyecto de otra persona se me daba bien.
Era 2010 y todavía no sabía que mi vida iba a cambiar.
El yoga llegó con el embarazo de mi primer hijo. Me llevó hacia dentro de una manera muy suave: aprendí a escuchar antes de entender, y la práctica me mostró un camino que ya llevaba dentro. Empecé cubriendo alguna clase y desde ahí no he parado.
Con el embarazo de mi hija hice la formación en Kundalini, la que trabaja con la energía dormida en la base de la columna. El primero me hizo practicar. El segundo me hizo enseñar. Ninguno de los dos lo busqué: los dos llegaron con el cuerpo, que suele saber antes que la cabeza.
Después entró la meditación, por la música y los mantras. Y desde hace unos años, Barre Fit: ballet, pilates y yoga, la danza volviendo por otra puerta.
Pensé mucho tiempo que eran dos vidas separadas, la del trabajo y la de la práctica. Tardé en ver que la segunda no venía a sustituir a la primera. Venía a ordenarla. De ahí salieron muchos otros cursos: para mí ha sido como una matrioska, abres una y dentro hay otra.
Todavía no he llegado a la última.
Enseñar era la mitad del trabajo.
La primera clase no la busqué. La segunda ya la quería. Grupos pequeños: embarazadas, mujeres que acababan de dar a luz, gente que llegaba de trabajar con el cuerpo agarrotado. También yoga para niños, que es donde más he aprendido a explicar sin explicar.
Eso sigue siendo el centro: el movimiento, la respiración, el rato en que alguien deja el móvil en el bolso y se escucha.
Durante años trabajé también en yoga studios, y no solo dando clase: la atención a las alumnas, la coordinación del estudio y de las formaciones, el equipo de profesoras. Yogamos Lab nació de querer un sitio propio para esas clases: prácticas en sala y online, meditaciones, encuentros, una comunidad pequeña que se cuida.
La otra mitad llegó mirando alrededor: compañeras que sabían enseñar muy bien y no sabían sostener un proyecto. Esa parte yo ya la había aprendido antes, y juntarlas dio forma a Dal Mat al Business. Primero el movimiento. Después el negocio, para que el movimiento dure.
Lo que he estudiado. Y lo que sigo estudiando.
Sigo formándome cada año. Y hay prácticas a las que vuelvo siempre: la de Meghan Currie, que se ríe de la gravedad; la de Sarah Powers, por el silencio que deja después; la de Kino MacGregor, que enseña lo que hace la constancia cuando nadie mira. Más cerca de casa, la de Katy Paez, Imma Mindán, Tabata Trejo y Agustín Vidal, con quienes he aprendido que enseñar bien se cuida clase a clase.
Lo que más me ha enseñado no cabe en ninguna lista. Llega en una conversación, en una clase que se tuerce, en una pregunta que no sé responder.
- YTT 500h ·
- Biomecánica aplicada al yoga ·
- RPYT prenatal 85h ·
- Kundalini 200h ·
- ChildPlay Yoga 70h ·
- Barre Fit 50h ·
- Meditación 50h ·
- Aceites esenciales 50h ·
- Community manager e Instagram ·
- Grow with Google ·
- Marketing digital (HubSpot) ·
- Máster en gestión de empresas ·
- Máster en marketing y eventos de moda
Más allá de las clases, sigo desarrollando nuevos proyectos dedicados al yoga, la formación y la comunicación. Escribo, estudio, creo contenido y acompaño a profesionales del bienestar en la construcción de proyectos auténticos. Para mí, la práctica continúa cada día, incluso lejos de la esterilla.
Creo que el bienestar no se construye desde la perfección, sino desde la constancia. Que un cuerpo cansado no necesita que le exijan más, sino que alguien le pregunte cómo está.
Creo en las ideas que toman forma practicándolas, y en las personas que se sostienen unas a otras cuando el camino se hace largo.
Y creo que enseñar es, sobre todo, acompañar: estar cuando alguien descubre algo suyo y no ponerse en medio. De eso está hecho cada proyecto que nace en Yogamos Lab.
He acumulado horas, formaciones y certificados, y todos me han servido. Pero la formación que más me ha cambiado no da diploma: es la comunidad con la que comparto.
Las personas que vuelven cada semana, las que preguntan lo que yo no me había preguntado, las que cuentan cómo les fue cuando salieron de aquí. Con ellas aprendo más que en ningún curso, y cada vez más.
Por eso me gusta pensarme como una exploradora: alguien que sigue aprendiendo, observando y compartiendo lo que encuentra por el camino.
Yogamos Lab es exactamente eso. Un laboratorio de ideas, experiencias y herramientas para vivir y trabajar con más consciencia.
